Crítica de Anatomía de una caída

En 1973 Ingmar Bergman escribió y dirigió la serie Secretos de un matrimonio para la televisión pública sueca. Una obra esencial sobre la descomposición de un matrimonio que obtuvo su reconocimiento internacional gracias a la versión reducida que se hizo para su exhibición en salas cinematográficas. Convertida en una obra referencial sobre las relaciones de pareja, su influencia puede verse en innumerables películas de cineastas que van desde Woody Allen hasta Noah Baumbach.

Citamos esta película como marco de referencia para analizar la última película dirigida por Justine Triet, Anatomía de una caída (Anatomie d’une chute) –Palma de Oro en la pasada edición del festival de Cannes y firme candidata a recolectar un considerable número de premios– pues la estructura escogida por Triet, la investigación policial y el drama judicial, puede llegar a enmascarar el sentido final de una película cuya propuesta se centra en analizar las complejas circunstancias emocionales por las que atraviesa un matrimonio, y que afectan a la unidad familiar, planteando un juego sobre la verdad y la mentira.

Si nos quedamos en el tratamiento formal exterior que sostiene la trama –el desarrollo del juicio que ocupa una buena parte del metraje– el referente principal sería el clásico de Otto Preminger, Anatomía de un asesinato, a quien la película no solo homenajea en el título sino en el carácter minucioso con el que narra todos los hechos acontecidos. Pero si nos centramos en lo importante, en lo que realmente quiere contar Anatomía de una caída, poniendo el foco en la relación de una pareja y cómo afecta esa relación al resto de personajes; aquí es donde la película de Triet se aproxima al universo de Bergman o incluso al cine que Chabrol realizaba en los años 70 en los que destripaba la burguesía francesa a través de su cine policíaco.

Sandra Hüller y Swann Arlaud en Anatomía de una caída. Foto: Elastica Films

El planteamiento del filme queda definido desde el inicio. Las primeras escenas nos describen una situación de aparente normalidad, un matrimonio de escritores y su hijo de once años, ciego, viven en la montaña, alejados de la población. Sandra (Sandra Hüller), la mujer, está siendo entrevistada sobre su carrera novelística por una estudiante mientras su marido Samuel (Samuel Theistra), a quien no vemos, trabaja en la parte superior de la casa y su hijo Daniel sale a dar una vuelta con el perro. Pero la normalidad se ve rota por la desasosegante música que el marido tiene puesta y que impide desarrollar la entrevista. No tenemos claro qué ocurre pero se palpa la tensión. La confirmación viene cuando el hijo, al regresar del paseo, encuentra el cadáver de su padre en la nieve junto a la casa. A partir de ahí se inicia la investigación policial con dos hipótesis, el suicidio o el asesinato.

Tras la imputación de la mujer como posible sospechosa de asesinato y una elipsis temporal de un año, la película deriva hacia una larga y minuciosa reconstrucción de los hechos durante el desarrollo del juicio que debe decidir sobre la inocencia o culpabilidad de Sandra. Un proceso descrito de una forma realista, en la mejor tradición del acercamiento cinematográfico a este tipo de situaciones –definición de los figuras principales como es la juez, el fiscal, el abogado, la procesada; delimitación del espacio físico de la sala, descripción de la rutina administrativa y procesal, en la que se apuesta por una aproximación realista, buscando la objetividad, situando al espectador como si fuera un miembro más del jurado que tiene que decidir el veredicto.

Sin embargo, esta exhibición minuciosa de los hechos se contrapone con el cambiante punto de vista en el que se sitúa Triet precisamente para llevar adelante una de la tesis del filme: las relaciones de pareja y las dudas de la certeza ante un hecho determinado vienen precisamente por la adopción del punto de vista en el que nos situemos. La forma desde la que se ejerce la mirada es tan importante que en la parte inicial del filme hay una escena en la que el punto de vista nos viene dado desde la mirada del perro, la cámara se mueve y está situada a su altura, siendo el perro el que nos conduce –para destacarla–  a una fotografía del marido; como veremos más adelante, el animal tiene un importante protagonismo en la resolución final.

En la parte del juicio, para acrecentar la duda, los hechos se presentan desde el punto de vista del fiscal, de la parte acusadora, pues ésta tiene un mayor peso en la narración. O en la escena en que se desvela la grabación del audio encontrada en el pendrive, Triet combina la reconstrucción de la supuesta escena a través de las imágenes del matrimonio, con la escucha únicamente del audio en el que el espectador debe imaginar que está sucediendo. Refrenda esta elección el hecho de escoger como testimonio principal para esclarecer el asunto el relato del hijo que es el personaje que presenta una visión prácticamente nula, situándolo en medio de todo el proceso.

Sandra Hüller en Anatomía de una caída. Foto: Elastica Films

La descripción concienzuda de los hechos, y la alternancia,  sí sirve para introducirnos en la intimidad del matrimonio,  siendo el camino que nos lleva hasta el núcleo de un relato que tiene que ver más con el drama que con el thriller judicial, aunque éste último sea el soporte que sustenta la narración al ser toda la etapa procesal la que destapa las relaciones entre el marido y la mujer, poniendo sobre la mesa todas aquellas circunstancias que afectan a la pareja y que terminan conformando un lienzos sobre el que se dibuja la crisis del matrimonio.

La muerte física del marido –esa icónica imagen del cuerpo extendido sobre la nieve que protagoniza el cartel– certifica la desaparición de la pareja, pero mucho antes de esa caída ya se había producido el derrumbe matrimonial y familiar. Y como en toda pareja, depende del punto de vista que se adopte, el culpable o culpables varían. De ahí que recorriendo un camino paralelo a la investigación judicial lo que tenemos es una investigación personal, un acceso íntimo al personaje de una mujer en el que hay que destacar el increíble trabajo actoral de Sandra Hüller.

Un personaje definido desde el principio como infranqueable –torpedea la entrevista que le hace su alumna formulando ella las preguntas en lugar de responder– y recubierto de una capa de frialdad que se va desprendiendo conforme accedemos a las contradicciones morales que pesan sobre ella, contradicciones dictadas o marcadas por una sociedad que juzga –nunca mejor dicho– con dureza a las mujeres.

La elección de Sara por desarrollar su carrera de novelista frente a su papel de madre,  ya que es el padre el que se encarga de la atención del hijo –si fuera al revés sería visto como algo normal–, la bisexualidad como opción sexual utilizada por parte de la acusación para justificar el egoísmo de la mujer, la infidelidad presentada como azote moral y también la supuesta competencia profesional establecida entre Sandra y su marido, que desea ser escritor; son argumentos exhibidos contra Sandra para desacreditarla frente al jurado, pero en realidad son los exponentes de una sociedad que todavía tiene que avanzar en la igualdad pues parece que Sandra es juzgada más como mujer y como madre que como posible asesina. En el fondo lo que se está poniendo en tela de juicio es la opción de una mujer de elegir su propio camino, de marcar su territorio, su independencia pues ella está entre cuatro hombres (el marido, el abogado, la parte de la acusación y el propio hijo).

Al margen de la decisión final adoptada en el veredicto del jurado –y que la película termina anunciando casi de soslayo con una elipsis–, la conclusión que nos deja Anatomía de una caída es que la verdad es un elemento intangible sometido a múltiples embates que hace que todo pueda ser objeto de discusión o que todo puede ser recreado. De hecho, la película plantea un juego sobre qué es la ficción con la posibilidad de que sea real lo que escribe Sara en sus novelas, el desarrollo del personaje de Samuel a través de las diferentes testimonios  o el hecho de que los nombres de los personajes de los dos protagonistas del matrimonio se llamen igual que sus actores (Sandra y Samuel).

Para ensamblar todas las piezas de esta estructura el elemento clave es un guion milimétrico que únicamente se ve perjudicado por la duración excesiva de la película –algo que empieza a ser común en los films d’auteur–. Como hemos visto, un guion que se abre a una amplia variedad de temas y que hace de Anatomía de una caída uno de los filmes más destacados del año por su capacidad de desvelar, desde el personaje protagonista femenino,  la intimidad de una relación sometida a la complejidad del amor y donde queda de manifiesto la dificultad para emitir juicios en un terreno donde el límite entre la verdad y la mentira se diluye en la ambigüedad.

Escribe Luis Tormo

Título: Anatomía de una caída
Título original: Anatomie d’une chute
País y año: Francia, 2023
Duración: 150 minutos
Dirección: Justine Triet
Guion: Justine Triet, Arthur Harari
Fotografía: Simon Beaufils
Reparto: Sandra Hüller, Samuel Theis, Milo Machado Graner, Swann Arlaud
Productora: Les Films Pelléas, Les Films de Pierre
Distribuidora: Elastica Films

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