Crítica de Sound of Freedom

Buenas intenciones

En determinadas ocasiones resulta difícil hacer tabla rasa de todo aquello que rodea la creación de una obra cinematográfica. El análisis hay que focalizarlo en la película, pero hay aspectos que tienen que ver con el origen del proyecto, quién participa o produce y qué resultado tiene en el resultado final, que sí son importantes para la valoración final.

Sound of Freedom, el filme norteamericano dirigido por Alejandro Monteverde, ha generado un considerable ruido a raíz de su estreno en los EE.UU. El primer dato viene originado por el éxito incuestionable a nivel de taquilla que ha hecho que un filme relativamente modesto –una producción de unos 15 millones de dólares– haya superado los 150 millones de dólares de recaudación en sus tres primeras semanas de exhibición en cines.

Pero el alcance mediático no solo ha tenido que ver con las buenas cifras de su exhibición cinematográfica pues la película ha generado una cascada de reacciones en las redes sociales que tienen que ver con su temática, con su producción y con su distribución. La película se centra en la denuncia de la pederastia y de las redes que trafican con niños para su explotación sexual.

Sound of Freedom. Foto: A Contracorriente Films

Detrás de la película está Angel Studios, responsable de la serie The Chosen, una distribuidora de orientación católica, muy conservadora, que acudió al rescate de la película cuando estudios como Disney o plataformas como Netflix o Amazon se desentendieron del proyecto –la película se filmó en 2018 pero no encontró posibilidad de distribución en su momento–. Además de esta distribuidora, que utiliza el modelo de crowdfunding como modelo de negocio, encontramos también a Eduardo Verástegui, que en esta película aparece como actor y productor, una figura ligada a la ultraderecha y que ahora se postula como activista político en México.

Un caldo de cultivo al que se suman las declaraciones del protagonista Jim Clavizel, al que se le relaciona con el grupo conspiranoico Qanon. Por si esto no fuera suficiente, hay que añadir el apoyo de personajes tan peculiares como Mel Gibson, Donald Trump o el propio Tim Ballard, el exagente en que se basa el personaje principal de Sound of Freedom.

El origen de la película es el guion escrito por Ángel Monteverde inspirado por un reportaje en el que se denunciaba el tráfico de niños. Mientras elaboraba este guion, el productor Verástegui le presentó a Tim Ballard, ex agente de la Oficina de Investigaciones de Seguridad Nacional de los EE.UU, y fruto de su colaboración, Monteverde adaptó el guion original para centrarse en la historia real de Ballard.

La película está planteada como un thriller de denuncia a través de la toma de conciencia del agente Tim Ballard que, cansado de detener a pederastas, decide dar un paso hacia delante para rescatar a dos hermanos que están en manos de las redes de traficantes. Con una estructura de agente infiltrado que se va introduciendo en el terrible mundo de los abusos infantiles, los primeros veinte minutos funcionan como un oscuro cuento en el que la inocencia infantil queda expuesta a un mundo maligno a través de una escena inicial muy significativa; la ingenuidad de un padre, el ansía de dar una oportunidad a los hijos, el deslumbramiento ante una oportunidad en un entorno socialmente deprimido, son las causas esgrimidas para caer en las garras de una red de monstruos compuesta de pedófilos y traficantes de seres humanos que trabajan para el mejor postor. El juego con el fuera de campo, la elipsis y el corte en el montaje evitan la mirada morbosa sobre un tema en el que es sencillo caer en la exageración. 

Sound of Freedom. Foto: A Contracorriente Films

Sin embargo, a partir de ahí, la película –que se alarga a las dos horas– se vuelve tosca y redundante. La multiplicidad de localizaciones y personajes no es suficiente para elaborar un discurso de calado que vaya más allá de la mera denuncia; la parte desarrollada en Colombia, exenta de veracidad a pesar de que se base en hechos reales, con la oposición de los jefes norteamericanos a la investigación o la presencia de la guerrilla de las FARC recuerda a tópicos vistos ya en otros formatos como la serie Narcos (agente fuera de su entorno habitual, dificultades burocráticas, países sudamericanos que son nidos de delincuentes).

Tópicos que terminan amplificando la visión simplista de buenos y malos, países desarrollados frente a territorios que representan el caos y el desorden. Una simplicidad que reviste el personaje del protagonista, el arquetipo de héroe americano -blanco, padre de familia numerosa, esposa abnegada dispuesta a sacrificarse por su marido- caracterizado por un tono mesiánico que le impulsa a lanzar una cruzada casi personal frente a todos, convirtiendose en el ángel de la guarda de la pareja de niños secuestrados. El descuido en el tratamiento de los personajes afecta también a los secundarios como Paul (Eduardo Verástegui) o Katherine, la mujer del protagonista, interpretada por Mia Sorvino, que son apenas un trazo esquemático. Únicamente Vampiro (Bill Camp), el personaje de un antiguo narco que se implica en la lucha contra la red de abuso sexual infantil, ofrece cierta profundidad al necesitar de la redención por su pasado delictivo.

Hay que reconocerle a Sound of Freedom el riesgo de realizar una película que pone sobre el tapete la denuncia de la tragedia que supone la lacra de la pederastia, los abusos sexuales en la infancia y las redes de tráfico de seres humanos; con todo lo que supone de desafió para la producción y la distribución de un filme de estas características. Pero este reto debería acompañarse también de una adecuada factura cinematográfica para que no se quede únicamente en una película plagada de buenas intenciones. Posiblemente, sin toda la polémica que ha rodeado a la película, Sound of Freedom hubiera pasado inadvertida para la taquilla y para su distribución internacional.

Escribe Luis Tormo

Título: Sound of Freedom
País y año: EE.UU, 2023
Duración: 131 minutos
Dirección: Alejandro Monteverde
Guion: Rod Barr, Alejandro Monteverde
Fotografía: Gorka Gómez Andreu
Música: Javier Navarrete
Reparto: Jim Caviezel, Bill Camp, José Zúñiga, Mira Sorvino,
Distribuidora: A Contracorriente Films

Artículo publicado originalmente en Encadenados

Deja un comentario