Viaje emocional
El director y guionista Alejandro Suárez debuta en el largometraje con Kepler Sexto B, una película que apuesta por el uso del cine de género como instrumento para hablar de la realidad que nos rodea. Un componente que no es nuevo en su obra pues sus dos aclamados cortometrajes, Hidden soldier (2010) y The Fisherman (2015), trabajos por los que ha recibido 70 premios y más de 300 selecciones oficiales en festivales de todo el mundo, ya sentaban las bases de su forma de entender el cine conjugando un revestimiento externo que responde a las características de un cine reconocible, clásico, de género de los 80, que esconde en su interior una descripción de los problemas reales que nos rodean.
Kepler Sexto B comienza con unas escenas deudoras del cine de ciencia ficción tradicional, planos y situaciones reconocibles que asociamos a las películas del género –amanecer solar, paisajes inhóspitos, peligros que amenazan a la nave, empleo del lenguaje científico y personaje que encarna el héroe solitario–.
Una ensoñación fílmica que poco a poco va dejando paso a la triste realidad de Jonás (Karra Elejalde), un viejo solitario que ha perdido la cabeza y que vive en un mundo imaginario donde piensa que su piso es una nave espacial perdida en Kepler, un lejano planeta, mientras espera el rescate de la NASA. Fruto de la casualidad, Zai (Daniela Mezzotti), una niña que vive con su padrastro, entrará en contacto con Jonás y ambos entablarán una relación de amistad.

Antiguo técnico de mantenimiento de un planetario, Jonás ha recreado su universo mental rodeado de elementos caseros en su claustrofóbico piso. Aparatos viejos, cachivaches, viejos ordenadores, hueveras que simulan las paredes de la nave o un altavoz con el que Jonás se relaciona como si fuera un remedo de inteligencia artificial –un HAL 9000 de andar por casa que se convierte en un homenaje a Kubrick–; toda una serie de tópicos asociados a las películas de viajes siderales y que sirven para traducir visualmente el deterioro mental del protagonista.
La equiparación de las personas como si fueran peligrosos alienígenas y la aparición de la niña que Jonás cree que es la astronauta que viene a su rescate, son los elementos utilizados para facilitar la conexión del mundo imaginario de Jonás con el mundo real.
El personaje de Jonás reúne aquellas características innatas al abandono de las personas mayores como son la soledad, el deterioro de la salud mental o los problemas económicos que pueden terminan desembocando en un desahucio. Es la denuncia de una sociedad egoísta representada por el grupo de vecinos al que no parece importar nada la situación de las personas más desfavorecidas.
Frente a la incomprensión de los adultos, solo Zai será capaz de entrar en el juego que propone Jonás para establecer una relación de confianza en la que irá descubriendo el pasado trágico de Jonás. Zai también sufre la soledad y a pesar de su corta edad ya sabe lo que supone la pérdida de una persona querida, además de experimentar en primera persona el maltrato físico y psicológico a la que es sometida por su padrastro.
El recurso al género de la ciencia ficción resulta efectivo al mantener un fino equilibrio entre la representación del estado mental de Jonás y la mostración de la realidad que rodea a los personajes. En este sentido la película establece una dicotomía muy clara entre ambos mundos mediante la diferencia en el aspecto visual en el que, por un lado, se tecnifican los objetos cotidianos como si pertenecieran a una nave espacial -o incluso con el movimiento circular de la cámara que asimila el hueco de la escalera girando de una forma similar a los planos típicos de la nave que aparecen en 2001 o Alien-; y por otro lado, se establece la diferencia entre ambos universos por el uso de formatos de pantalla distintos, la panorámica anamórfica cuando el punto de vista es el de Jonás y el formato estándar para representar el mundo real.

Planteado este trampantojo, en el que saltamos del mundo ficticio en el que Jonás establece su propia lógica, en la que no difícil encontrar la referencia quijotesca, a la visión realista que aporta la mirada de Zai, la película termina planteando un discurso sobre la desigualdad social, donde los paisajes espaciales amenazantes que imagina Jonás tienen su réplica en el paisaje urbano por el que se mueven los personajes, igual de amenazantes y desesperanzadores, como el bloque de edificios que aparece retratado como una colmena impersonal, el bar decrépito, la abandonada arquitectura industrial donde Zai encuentra al hijo de Jonás o los planos laberínticos de las vías del tren.
Desigualdades sociales que unen en la desgracia a un anciano y una niña frente a una sociedad que da la espalda a problemas enquistados a lo largo de los años tras una serie de crisis económicas que se suceden encadenadas. Al final el enfrentamiento irracional del anciano y la capacidad de supervivencia de la niña ante el mundo hostil de los adultos, termina fraguando un frágil equilibrio asistencial, un quid pro quo emocional, que se convierte en su salvación a través de un acercamiento intergeneracional que pone de manifiesto el valor de las personas sea cual sea su edad.
Kepler Sexto B completa su discurso con una serie de hallazgos sencillos como el encuentro del álbum familiar de Jonás por parte de Zai, el significado de los nombres de los protagonistas, el emotivo «lanzamiento» final de los Jonas y Zaida o el emocionante y medido trabajo de Karra Elejalde complementado por la réplica de Daniela Mezzotti.
La aparente sencillez de esta fábula quijotesca, de final agridulce, no debe esconder el riesgo asumido por Alejandro Suárez para realizar un filme original, insólito, que realiza un homenaje a ese cine de género con el que ha crecido una generación con una factura audiovisual que se adapta como un guante a la recreación del entorno mental de un hombre encerrado en su propio mundo, para poner en imágenes una metáfora sobre la soledad y el dolor.
Escribe Luis Tormo
Título: Kepler Sexto B
País y año: España, 2022
Duración: 97 minutos
Dirección: Alejandro Suárez
Guion: Alejandro Suárez Lozano, Grete Suarez
Fotografía: Pablo Bürmann
Música: Vanessa Garde
Reparto: Karra Elejalde, Daniela Pezzotti, Jorge Bosch, Pablo Molinero, Vicente VergarA, Mariana Cordero
Productora: Turanga Films, Quexito Films, Noodles Production
Distribuidora: Filmax
Artículo publicado originalmente en Encadenados