Crítica de Vivir sin nosotros (Are we lost forever)

Paisaje después de la batalla

Vivir sin nosotros (Are we lost forever, 2020) es el debut en el largometraje de David Färdmar. Sin embargo, Färdmar no es un recién llegado, en 2008 se dio a conocer con el multipremiado cortometraje Love, sobre el abuso sexual —en el que salía una entonces desconocida Alicia Vikander— y desde ese momento inició una larga trayectoria como director de cortometrajes, productor y director de casting.

Para esta ópera prima el cineasta sueco escoge una reflexión sobre la ruptura amorosa y sus consecuencias. Hampus (Jonathan Andersson) decide abandonar a Adrian (Björn Elgerd) porque considera que este no le deja espacio suficiente para realizarse como persona. Al contrario que en otras películas donde se radiografía el deterioro de la pareja aquí partimos de la disolución de la unión a través de una primera escena de resonancia bergmaniana en donde se hace patente la incomunicación a través de un plano frontal con los dos personajes recostados en la cama en silencio.

La película sigue con un tratamiento casi documental las consecuencias de afrontar la soledad tras vivir en pareja —ese nosotros que remarca el título— a través del abandono del apartamento por parte de Hampus, el vacío que siente Adrian, las dudas de ambos o los contactos esporádicos a través de las redes sociales (no son conscientes de su separación hasta que lo oficializan en Facebook).

Foto: Surtsey Films

Con cierta frialdad nórdica, la tensión se plasma con planos fijos en los que ambos permanecen en silencio. Una cena en un restaurante, una cita en un café o los encuentros esporádicos en la calle permiten aflorar las razones de una relación tóxica en la que Adrian ejerce de protagonista anulando la personalidad de Hampus. Bañada en una tristeza afectiva, los momentos felices de la pareja quedan limitados a los recuerdos de las imágenes grabadas con el móvil durante las vacaciones (el sol, la playa, el mar), lo que acrecienta la diferencia entre ese pasado feliz —que no conocemos— y el doliente presente.

La superación no es sencilla, pues los rescoldos del amor están presentes tras su relación; en todo momento no dejan de decirse que se quieren, que son lo más importante e incluso todavía intentarán algún acercamiento; pero mientras Hampus mira hacia el futuro intentando recomponer su vida, Adrian lo hace hacia el pasado y Färdmar fija su atención en él para mostrar el dolor y la impotencia tras la separación.

Ambos buscarán con sus nuevas parejas una continuidad similar a lo que tuvieron, dándose incluso una similitud con sus nombres (Hampus/Rasmus y Adrian/Julian), en lo que parece la asunción de la dificultad de superar el pasado. Es por ello que los encuentros entre ambos, a pesar de rehacer su vida con otras personas, dejan ver ese hilo invisible que los une.

Aunque la historia está enmarcada en la realidad LGTBI, la apuesta de Färdmar es universalizar los problemas que afectan a los personajes. La película deja atrás los tópicos y clichés relacionados con la comunidad gay para mostrar a los personajes como personas que sufren el dolor de una ruptura; por ello aquí no encontramos salidas del armario, incomprensiones familiares o problemas derivados por su orientación sexual.

Foto: Surtsey Films

Los protagonistas son personas que caen en la rutina, que se plantean las decisiones de futuro como formar una familia y tener hijos o que muestran el desconcierto ante la sensación de soledad tras la ruptura.

Para mostrar la fragilidad y el dolor, la película sitúa en primer plano las miradas y los silencios que ganan protagonismo frente a los diálogos, así como los pequeños detalles (la caricia sobre el anillo, los abrazos). Un conjunto de recursos estilísticos que sirven para acentuar la distancia que los separa, el hermetismo y la incapacidad de establecer una comunicación fluida en una película austera, adscrita al cine independiente, que se sostiene con unos pocos decorados y escasas localizaciones.

La película va afirmándose en su discurso pesimista dejando la sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. El abatimiento que se genera alrededor de la ruptura, y en la que poco a poco vamos siendo conscientes de que no hay un único responsable de la separación, hace que Adrian —el personaje que de una forma más visible asume la culpabilidad por su comportamiento egoísta— encarne la amargura del fracaso.

Rodada de forma casi cronológica para que los actores interiorizaran la historia, lo mejor de Vivir sin nosotros se materializa en el adecuado trabajo actoral, la naturalidad de los hechos mostrados y la universalidad de su propuesta. Su defecto viene de una reiteración en las situaciones, con encuentros forzados que alargan en exceso el metraje, y una fría contención que traspasa los personajes y termina empapando todo el relato.

Escribe Luis Tormo

Título: Vivir sin nosotros
Título original: Are We Lost Forever
País y año: Suecia, 2020
Duración: 104 minutos
Dirección: David Färdmar
Guion: David Färdmar
Fotografía: Robert Lipic, Johannes Stenson, Camilla Topuntoli
Música: Per-Henrik Mäenpää
Reparto: Björn Elgerd, Jonathan Andersson, Micki Stoltt, Nemanja Stojanovic, Victor Iván
Productora: Färdmars Film, Embem Entertainment. Distribuidora: TLA releasing
Distribuidora: Surtsey Films

Artículo publicado originalmente en Encadenados

Foto: Surtsey Films

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