Crítica de Malasaña 32, la película dirigida por Albert Pintó

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La ciudad no es para mí

Los mecanismos del cine de terror para generar el miedo están trazados a través de la historia de este género y asumidos por el espectador. Lugares donde la lógica dice que no se debe entrar pero que el personaje, amparado bajo la ficción, traspasa el límite que impone el raciocinio; ventanas y puertas que se abren y se cierran, bombillas que se apagan de repente y dejan paso a la oscuridad, personajes que experimentan el miedo en soledad, leyendas asociadas a casas decrepitas, monstruos que se materializan y un sinfín variado de elementos que conforman una trama asociada al género de terror.

Esta enumeración de componentes que salpican el argumento en este tipo de filmes se materializan mediante una narrativa igualmente reconocible: los movimientos de cámara que se acercan a un personaje o un objeto, los planos picados y contrapicados, el juego con el fuera de campo, los primeros planos en los rostros, el montaje visual y sonoro que provoca la tensión.

Malasaña 32, el segundo trabajo como director de Albert Pintó tras su debut con Matar a Dios (codirigido con Caye Casas), constituye un compendio casi rayando lo pedagógico de lo que debe ser un filme de terror al uso; de hecho, tan pedagógico que linda con lo tópico.

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Warner Bros. Foto: Eduardo Baró

Se pueden reconocer pinceladas aquí y allá de múltiples referencias (la familia que llega a una casa con un misterio, la tele que reproduce imágenes extrañas, un pasado que persigue a los personajes, la juventud que simboliza el cambio, las relaciones familiares, etc.) y donde se puede rastrear detalles de Terror en Amityville, Poltergeist, Paranormal activity, Expediente Warren e incluso El exorcista.

En este sentido, el filme avanza como un mecanismo engrasado donde cada movimiento de cámara, cada efecto de sonido, el ritmo interno de cada escena, produce el efecto que es provocar la tensión y el susto —esperado— en el espectador.

Si estos elementos ya los hemos visto en la pantalla grande con anterioridad hay que preguntarse entonces cuál es el valor que aporta Malasaña 32. Y la respuesta se encuentra en la identificación de este mecanismo de género reconocible que hemos descrito con un relato que hunde sus raíces en el costumbrismo español, una casa de un barrio de Madrid.

Siguiendo la línea emprendida por Paco Plaza en Verónica, la película dirigida por Pintó sitúa la acción en el pasado, en este caso en 1976, un momento crucial de la historia de España. Una época en el que se respiraba el cambio político y social (en las escasas escenas fuera de la casa podemos ver carteles de propaganda política por las paredes) y donde el miedo y la esperanza convivían a partes iguales.

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Warner Bros. Foto: Eduardo Baró

Una familia que emigra del pueblo a la ciudad, a la capital, con el objetivo de dejar un pasado atrás y vivir acorde a los nuevos tiempos. Tiempos de esperanza basados en un futuro mejor donde la madre trabaja en Galerías Preciados, el padre en la fábrica Pegaso y la hija aspira a ser azafata de Iberia; tres nombres representativos del triunfo empresarial de la época. Familia en principio modélica (luego veremos que no es así) compuesta de tres hijos y el abuelo, que verá frenada esa esperanza por una presencia extraña en la casa.

El ambiente político no llega a adueñarse de la historia, pero sí se visualiza la represión de una sociedad que se materializa produciendo monstruos. Ese ambiente reprimido de la sociedad de los 60 y 70 en España es el instigador de los acontecimientos que ocurren en la casa y que padecerán sus nuevos moradores. Un juego simbólico en el que podemos ver desde el origen de los problemas que sufre la familia (la vieja España del tardofranquismo) hasta el miedo por aquello que nos es desconocido (la nueva etapa que se intuye próxima, la transición).

Las canciones que aparecen en la banda sonora (Julio Iglesias, Raphael), los programas de televisión (Un globo, dos globos, tres globos), los juegos (la canica, la peonza, el veo veo) y la importancia de los objetos icónicos (la mecedora, el teléfono) sirven para enmarcar la sociedad, el tipo de ambiente, el costumbrismo de la época en la que se mueven los personajes.

Todo este entramado alegórico se descontrola al final en un clímax en paralelo que no podemos desvelar pero que se antoja excesivo en el que se reivindica lo diferente, la diversidad, en una época muy oscura pero en la que, contradictoriamente, parece que la familia sufre las consecuencias de sus actos siendo castigados por no seguir la moral estricta que marca la sociedad (ese matrimonio que esconde algún secreto, la situación de la hija).

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Warner Bros. Foto: Eduardo Baró

También es interesante la equiparación de la problemática social del año 76 con el momento actual. En un tono que recuerda a ese humor negro de su primer trabajo, la problemática de la vivienda, las condiciones laborales (el trabajo en cadena de la fábrica), la dificultad de los pagos y la tiranía del banco son situaciones que se reproducen en nuestro tiempo. En cierto modo, el director del banco es uno de los malos de la película pues es este organismo el que obliga a permanecer en la casa a los inquilinos.

El reparto también juega a ese sarcasmo pues no deja de ser irónico emplear a Javier Botet (conocido por encarnar a los monstruos de muchas conocidas películas) como el agente inmobiliario que conduce a la familia a la casa; así como la aparición de una estrella femenina de nuestro cine que sirve para enlazar con el cine de los años 60 y 70. Aunque la referencia más clara sea la ya mencionada Verónica de Paco Plaza, por las similitudes (género, situada en el pasado, casa protagonista, adolescente), tampoco hay que olvidar que el cine español de los años 70 fue muy prolífico y se realizaron diferentes películas, con mayor o menor fortuna según los casos, que adaptaron el género de terror a nuestro entorno (Klimovsky, Martín, Ibáñez Serrador, Naschy, Grau, etc.).

Enmarcado claramente en un cine comercial (están detrás Warner, Atresmedia y un buen número de salas para su estreno) cuyo principal objetivo es asustar al espectador, Malasaña 32 aporta un buen trabajo visual en el que maneja todos los resortes que tiene a su disposición (sonido, música, fotografía, dirección artística) y donde Albert Pintó deja ver a través de la composición de las escenas un estilo que hace suyo un guion; guion al que le falta (y no será por guionistas) trenzar mejor la realidad de la época con el género de terror para elevar el filme más allá del recopilatorio de escenas comunes al género y donde esa referencia a la sociedad cambiante del momento no sea una mera excusa para enlazar sustos.

Escribe Luis Tormo

Título: Malasaña, 32
País y año: España, 2019
Duración: 90 minutos
Dirección: Albert Pintó
Guion: Ramón Campos, Gema R. Neira, Salvador S. Molina, David Orea
Música: Frank Montasell y Lucas Peire
Fotografía: Daniel Sosa Segura
Reparto: Begoña Vargas, Iván Marcos, Bea Segura, Sergio Castellanos, José Luis de Madariaga, Iván Renedo, Javier Botet, María Ballesteros, Rosa Álvarez, Concha Velasco
Productora: Bambú Producciones, A3media, Warner Bros

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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