Crítica de El silencio de la ciudad blanca

Deprisa, deprisa

Eva García Sáenz de Urturi se dio a conocer en la literatura con su primera novela, La saga de los longevos, que tuvo un éxito masivo, siendo publicada en Gran Bretaña, Australia y EE.UU. Tras un recorrido por la novela histórica, en 2016 publica El silencio de la ciudad blanca, una novela policiaca ambientada en Vitoria que será el comienzo de una trilogía. Con casi un millón de lectores la obra se ha convertido en un bestseller desde su aparición y cuenta con traducciones a diferentes idiomas.

Siguiendo un camino similar a la Trilogía del Baztán, de Dolores Redondo, con elementos comunes como son la importancia de la localización de la novela, el juego con elementos reconocibles del género negro y la estructura narrativa, unido al éxito masivo de lectores, se plantea ahora la adaptación de El silencio de la ciudad blanca. La primera película de una posible trilogía que dependerá para su continuidad del rendimiento comercial de este filme.

En un proyecto de estas características el primer paso es conseguir cierta fidelidad a la narración original para no defraudar al público que acude al cine para revivir en la pantalla grande la historia literaria. El guión de Roger Danès y Alfred Pérez Fargas sobrevuela la novela y mantiene el espíritu de la misma, pero introduce cambios significativos. Algunos de ellos son inherentes a la necesidad de ajustar el ritmo de la narración como es aligerar la parte de los flashbacks o eliminar fragmentos innecesarios; otros, sin embargo, son más relevantes pues el filme cambia el punto de vista de la narración y en la primera parte del filme desvela al espectador la identidad del asesino. Al avanzar este dato, la película renuncia a la pregunta de quién es el asesino provocando otra clase de tensión al contar el espectador con más información que los personajes.

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Al margen de la consideración sobre la fidelidad al texto original, la necesidad de comprimir una historia extensa obliga a acelerar el ritmo de los acontecimientos, de tal forma que no hay respiro ni pausa en el devenir del relato. La presentación de los personajes, los asesinatos o los flashbacks se suceden sin descanso. Una cosa es que la película tenga un ritmo que atrape al espectador y otra muy distinta es que este ritmo supere a la propia narración y no se establezca una pausa que permita establecer una reflexión sobre lo que estamos viendo.

Los personajes se definen con apenas unos trazos que nos muestran la capa externa, pero que no terminan de transmitir su mundo interior, lo que sienten, lo que desean. Un ejemplo lo tenemos en el personaje principal, Unai (Javier Rey), un policía que arrastra un dolor por una pérdida trágica; este dolor se anuncia, pero no se interioriza en la definición del personaje.

Este apremio para narrar la historia del asesino en serie y el origen de los acontecimientos en el pasado hace necesario sacrificar la composición de los numerosos personajes secundarios, como son la familia de Unai (su abuelo, su hermano), la compañera investigadora (el personaje que interpreta Aura Garrido) que queda muy plano y el propio personaje de la subcomisaria Alba (Belén Rueda); también pierde fuerza el nexo de unión entre los acontecimientos pasados y el presente.

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El ritmo acelerado tiene su prolongación en el tratamiento formal que preside todo el filme bajo la dirección del Daniel Calparsoro. Con una larga trayectoria en el cine español, el cine de Calparsoro ha evolucionado desde sus inicios como cineasta de autor, sobre todo con su opera prima, Salto al vacío, hasta su especialización como director de películas de acción.

Su filmografía se caracteriza por películas de género con personajes que se mueven en un entorno violento. Ya sean thrillers (Asfalto, Combustión), atracos (Cien años de perdón, la futura Hasta el cielo) o filmes donde hay un trasfondo bélico (Guerreros, Invasor); características que persisten en sus numerosos trabajos para la televisión (La ira, Inocentes, El castigo). La violencia es un componente primordial en su cine; por lo que la cámara en movimiento y el montaje fragmentado se convierten en una marca de fábrica que acompaña a las persecuciones, tiroteos y demás elementos comunes al thriller.

Partiendo de esta premisa, Calparsoro rueda las escenas de El silencio de la ciudad blanca en base a un planteamiento en el que se siente cómodo. Desde los primeros planos ya observamos cómo el movimiento de las personas y la historia es acompañado por una cámara que sigue continuamente a los protagonistas.

Los travellings y la cámara en mano se convierten en primordiales para acompañar a los personajes. Unos personajes que tanto en su vida particular —donde el running es un elemento clave para ambos— como en su vida profesional, se ven obligados a desplazarse, correr, saltar y perseguir a pie o en coche; y todo ello hace que el ritmo de la película sea vertiginoso. Esta apuesta por el movimiento tiene su traducción incluso en el tratamiento de cada plano, reajustando el encuadre y aportando una tensión a las diferentes escenas.

Si unimos ese ritmo que impone el guión para dar cabida a todas las explicaciones necesarias para cerrar la historia y la tensión que provoca la dirección de Calparsoro, un auténtico especialista para conseguir ese objetivo, nos encontramos con un filme frenético que no permite las pausas necesarias para ir asimilar la historia.

Este ritmo hace que nos quedemos en la parte externa del relato, en el terreno de la descripción más que en la introspección de unos personajes que merecían un mayor recorrido. El peso del pasado, personajes inocentes que son sacrificados o el dolor ocasionado por la pérdida de los seres queridos quedan prácticamente ocultos por la falta de cadencia narrativa.

Con algunas referencias a El silencio de los corderos (el personaje de Javier Rey es presentado mientras corre y se convierte en un símbolo de alguien que huye de su pasado, los rituales del asesino, la escena final en el sótano de la casa del asesino), El silencio de la ciudad blanca desafortunadamente no sigue los pasos del clásico dirigido por Jonathan Demme debido a un guión al que le desborda el contenido.

El solvente trabajo de Javier Rey, el hábil juego con las localizaciones de la ciudad de Vitoria y la dirección de Calparsoro nos dejan un aspecto visual atractivo, pero incapaz de resolver el déficit que proviene de la propia estructura del filme.

Escribe Luis Tormo

Artículo publicado originalmente en Encadenados

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